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16/8/09

Entrevista a Helen Umaña

'El éxito de las marchas multitudinarias comprueba la convocatoria de la resistencia en Honduras'


Mario Casasús (TeleSur)

En exclusiva para teleSUR y con la sabiduría de los años, Helen Umaña * afirma que La Cuarta Urna y la Asamblea Constituyente: “Lo pueden impedir para un futuro cercano. Pero en la conciencia popular la idea de una nueva Carta Magna ya prendió con una fuerza increíble. Creo que, eso, a un plazo quizá más distante, es imparable y la dirigencia popular sabrá encontrar mecanismos adecuados para que se haga realidad. El éxito de las marchas multitudinarias comprueba su capacidad de convocatoria

MC.-Usted vivió el exilio en Guatemala, debido a la persecución que sufrió su padre a manos del gobierno de Tiburcio Carías; paradójicamente recibe las noticias del golpe mientras regresa de Guatemala para votar por La Cuarta Urna, ¿por qué decide quedarse, esta vez, en Honduras?

HU.- Quizá debo hacer una aclaración. Mi padre salió en 1944 como exiliado. Yo tenía dos años. Mi infancia transcurrió en Guatemala. Crecí sintiéndome guatemalteca. Me casé allá y formé una familia: cuatro hijos y once nietos. En la década de 1980 trabajaba en la Universidad de San Carlos, una de las instituciones más castigadas por la represión. Bajo el régimen de terror del general Romeo Lucas García, me vi obligada a salir de ese país y mi destino, ya que yo había nacido aquí, fue Honduras, país al que yo no miraba como mi patria. Pero, al irme involucrando en la cultura, en la literatura, se fue generando un sentido de pertenencia, de identificación con Honduras. Cuando pude regresar a Guatemala, ya me había enraizado aquí y no quise retomar el hilo de mi trabajo en ese país. Pero, en treinta años, nunca (con la excepción de este período posgolpe) han pasado quince días sin que vaya a Guatemala a compartir con mi familia. En cierta forma, un exilio (el de mi padre) me alejó de Honduras; otro (el mío), me trajo a un mundo desconocido que me exigió una gran cuota de dolor. Una especie de vida marcada por dos exilios. De consolidarse la dictadura micheletista, se le estaría dando carta blanca a otro período represivo, una posibilidad muy real que, ojalá, no le dé un nuevo vuelco a mi vida. No quisiera sufrir una especie de tercer exilio.

MC.-En un principio describió el golpe de Estado desde “el intenso impacto emocional. En esencia, abortar, con alevosía, la semilla de lo que pudo ser un encaminar al país por senderos de equidad y justicia”; ¿qué caudal de emociones y pensamientos han transcurrido desde entonces?

HU.- Yo sé, en carne viva, lo que significa un régimen en donde los militares ejercen un protagonismo en la escena política. El 28 de junio reviví, como en una especie de flask back cinematográfico, todo el horror experimentado en Guatemala. Temí, hasta en lo más hondo de mí misma, que Honduras se precipitase en un precipicio similar. Las muertes, la férrea represión en la región de El Paraíso (en donde se llegó al extremo de negar el paso a la Cruz Roja que portaba alimentos), las brutales consecuencias de las marchas reprimidas, el silencio casi criminal de los medios informativos, confirman mis temores. De no revertirse el golpe, Honduras puede estar a las puertas de un oscuro período represivo. Pero, frente a ese aspecto negativo, la valiente e inesperada respuesta del pueblo hondureño, su heroica resistencia, me indican que el golpe de Estado ha sido una especie de reactivo que ha hecho que muchos hondureños y hondureñas despierten, se quiten la venda de los ojos y visualicen las intrincadas redes que expliquen qué fuerzas -nacionales e internacionales- están detrás del golpe. Ahora, ya más serena, sé que, pese a todo, estas dolorosas circunstancias están fructificando en una nueva consciencia social. En otras palabras, la política, en Honduras, ya cuenta con un ingrediente nuevo, renovador, y que augura futuras batallas en pro de una sociedad más justa y equitativa.

MC.-En su primer artículo “El miedo a una palabra de dos letras”, usted se avergonzaba de “La ambigüedad e indiferencia de la máxima casa de estudios. Duele el comunicado gallo-gallina de las autoridades de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras”; recientemente la comunidad universitaria fue víctima de los crímenes del régimen de facto, ¿ni la ambigüedad e indiferencia resguardaron a la UNAH de la represión golpista?

HU.- Cuando veía la transmisión televisiva que recorre, paso a paso, la histórica jornada, sólo se me venía a la mente aquel famoso poema de Bertolt Brecht: “Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. (Â…) Después siguieron con los curas (Â…), pero como yo no era cura, tampoco me importó. Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde”. En otras palabras, la represión va ampliando su radio de acción hasta que alcanza a los indiferentes, a los que vieron cometer el crimen y callaron. Las autoridades universitarias pudieron experimentar, en su propia piel, qué sienten las personas cuando se ven frente a esos pelotones de hombres dotados de máscaras antigás, grandes escudos y armados hasta los dientes (y no con balas de goma). Toda una lección. La UNAH, amparada en la supuesta neutralidad de la ciencia, en esta difícil coyuntura, no ha estado a la altura de las circunstancias. Los juicios de los historiadores presentes y futuros no serán clementes con ella. Los brotes de dignidad han sido aislados (posturas de análisis y rechazo realizadas a título personal, comunicados y acciones solidarias de organizaciones estudiantiles, un claustro de docentes pronunciándose al respecto pero que, incluso, fue cuestionado por otros miembros del mismo), no institucionales. La UNAH, en su conjunto, nunca entendió que la cuestión no implica un apoyo a Mel. El meollo del asunto radica en un punto que nunca se debió ignorar o minimizar: un golpe de Estado es un retroceso anacrónico y había necesidad de abogar, desde su alta envestidura y con verdadera fuerza persuasiva, por el restablecimiento del estado de derecho, inclusive porque, en ella misma, se alberga la Escuela de Derecho más antigua del país.

MC.-En una declaración de principios dijo: “Desde hace treinta años, sólo he escrito sobre arte y literatura. Pero la ruptura del orden constitucional y el descaro con que actuaron Micheletti y sus socios golpistas me sacaron de la voluntaria torre de marfil”, ¿qué satisfacción personal le deja no vivir en la indiferencia?, ¿otros colegas siguen su ejemplo y ya bajaron de la torre de marfil?

HU.- Me costó incorporarme a la Resistencia. Desde el principio supe cuál era mi deber. Mi experiencia había sido demasiado dolorosa y temía que se repitiese. El terror es paralizante. Pero la conciencia no me dejaba en paz. Para “aquietarla”, redacté el artículo que usted citó. Publicarlo, espiritualmente, me tranquilizó. Me trajo paz interior porque estaba actuando conforme a los principios éticos que constantemente he proclamado frente a mis hijos, frente a mis nietos y frente a muchas generaciones de alumnos. Siempre he expresado, en las aulas y en mis escritos, que todos estamos obligados a transformar el pedacito de mundo dentro del cual vivimos. No podía, ya cuando vivo la recta final de mi existencia, desdecir, con un acto de cobardía intelectual, la trayectoria moral de toda mi vida. Respecto de la última pregunta, pienso que cada quien responde a planteamientos ideológicos provenientes o de una posición de clase o de una situación de alienación de la propia realidad. Pero sí cuesta entender cómo personas inteligentes y sensibles se niegan a ver lo que está ocurriendo en Honduras y se han puesto en contra de los sectores populares.

MC.-En “La pisoteada dignidad de un artista popular”, usted denuncia el dolo y desvirtualización que hace El Heraldo con las declaraciones del escultor Juan José Valle Larios; ¿concedería una entrevista para la prensa golpista a sabiendas que todo lo que diga será utilizado en su contra?, ¿cuál es su lectura de la manipulación periodística?

HU.- Creo que, en la actual coyuntura política, la prensa golpista no estaría interesada en entrevistarme. En el futuro, dada mi participación dentro de la Resistencia, tampoco estarán interesados en hacerlo. Creo que al escultor Valle Larios le dieron ese trato tan infame porque es un artista popular. Para ellos, un don nadie intrascendente que sólo les sirvió para sus propósitos políticos espurios. Con relación a la manipulación periodística, la juzgo esencialmente inmoral: ellos mienten con conocimiento de causa. Son maquiavélicos en la forma de presentar los hechos. Saben, a la perfección, en qué consiste la selección y acomodo de los distintos tipos de signos (verbales, icónicos, proxémicos, etcétera) para lograr determinados efectos dentro de un público, generalmente, acrítico. Inclusive, con el episodio en la UNAH, pese a la claridad del video, hubo “periodistas” que dijeron que los policías habían “salvado” a la rectora de las turbas de “infiltrados” y “falsos estudiantes” que estaban en la universidad.

MC.-Siguiendo con el análisis, usted dice: “la respuesta humanitaria de Mel Zelaya quizá explique o ayude a entender por qué la gente humilde se ha volcado en su defensa”; ¿es el caso de los artistas populares, poetas, escritores e intelectuales en resistencia?

HU.- Esa fue una frase que dudé en escribir. Finalmente la dejé porque pienso que Mel tiene una personalidad sui géneris. Se sale del protocolo, bromea con el público, platica con cualquiera y hasta canta. Un comportamiento que chocó con las personas acostumbradas a los protocolos rígidos usuales. Pero al pueblo ajeno a refinamientos y fórmulas rígidas de cortesía le gustaba ese estilo. Mel supo “llegar”, con su manera de ser campechana, a muchas personas que siempre habían recibido la indiferencia o el desprecio de los poderosos. Su respuesta al ver a un hombre humilde mostrándole un caballito por encima de las cabezas de sus guardias, indica la existencia de un real interés en los demás. Muchos dirán que eso es populismo. Yo lo veo como una prueba de la existencia de una fibra humana de alguien a quien sí le interesan los demás. Un poco como cuando, en la calle, nos asalta la mano de una anciana o de un niño pidiéndonos una limosna. Los científicos sociales rechazan ese tipo de caridades. Algo humillante que no resuelve el problema. Pero como sabemos que el hambre de esa anciana o de ese niño dependen del lempira que le podamos dar, a regañadientes, lo sacamos de nuestra bolsa y se lo damos porque intuimos que, para ellos, las soluciones sociales permanentes, probablemente, lleguen muy tarde.

MC.- Cito un párrafo que escribió en “La hora del pueblo”, “cuál es su meta inmediata: trazar los pasos concretos para llegar, organización y unidad mediante, a la redacción de una nueva Constitución, única opción para la restauración global del país”, ¿qué sucederá si los Acuerdos de San José impiden la consulta para una Asamblea Constituyente?, ¿qué estrategia le queda al pueblo organizado si los golpistas imponen al próximo presidente?

HU.- Lo pueden impedir para un futuro cercano. Pero en la conciencia popular la idea de una nueva Carta Magna ya prendió con una fuerza increíble. Creo que, eso, a un plazo quizá más distante, es imparable y la dirigencia popular sabrá encontrar mecanismos adecuados para que se haga realidad. El éxito de las marchas multitudinarias comprueba su capacidad de convocatoria.

MC.-La burócrata encargada de la cultura de facto, Mirna Castro, prohibió varias joyas de la literatura hondureña; el régimen de Micheletti piensa asignar a los milicos, el edificio del Centro Documental de Investigaciones Históricas de Honduras, eso ya lo vimos en Chile: por decreto se prohíbe a varios autores y el “Centro de Convenciones Gabriela Mistral” fue cedido a la Junta Militar de Pinochet; usted lo denomina “Delitos de lesa cultura”, ¿cuál es la importancia de denunciarlos ante la UNESCO?, ¿otros acervos están en riesgo de sufrir graves pérdidas?

HU.- La importancia de la denuncia internacional nace de la propia indefensión en que ha quedado el patrimonio cultural de Honduras. De una ministra capaz de formular las sandeces que le hemos oído, sólo pueden esperarse desaguisados mayores a los ya perpetrados. Pero lo terrible, en este caso, es que estamos frente a un férreo cerco mediático de ocultamiento de la verdad. A la población se la desinforma. Por lo mismo, tampoco se formulan comentarios que clarifiquen el trasfondo de las decisiones ministeriales (vr. gr., el despido de funcionarios capaces, la agresión verbal contra las casas de cultura, el hostigamiento a los empleados del Instituto de Antropología e Historia). El panorama es desolador porque la depredación cultural puede pasar inadvertida. Documentos invaluables para estudios futuros pueden quedar destruidos para siempre, tal como pasó con los tesoros que albergaba el museo de Bagdad. Frente a ese estado de indefensión, quizá sólo la intervención de instancias de prestigio internacional como UNESCO pueda contener la acción depredadora. Asimismo, hay que tomar en cuenta que, tal como están actualmente las cosas, magníficos proyectos que se llevan a cabo mediante ayuda o colaboración internacional, están suspendidos. El golpe de Estado también ha sido un golpe a la cultura.

MC.- Usted es crítica de arte; históricamente los procesos sociales se expresan con importantes legados pictóricos en los murales y en el diseño de panfletos, ¿advierte una nueva gráfica popular en Honduras?, ¿cuál es la tradición en las artes plásticas hondureñas?

HU.- Las artes plásticas hondureñas tienen una tradición sumamente rica. En la mayor parte de los artistas es muy fuerte la crítica social y sus trabajos advierten que no han sido ciegos al entorno. Desde Pablo Zelaya Sierra con su escalofriante denuncia del salvajismo y la crueldad de la guerra civil, hasta el trabajo de los más jóvenes. La fuerza de su trabajo radica, justamente, en esa vinculación con el momento histórico en el que les ha tocado vivir y éste no será la excepción. También existe una extraordinaria vitalidad en el campo de la caricatura política. Los periódicos del siglo XX lo comprueban en forma incontrovertible. El golpe de Estado, como lo observamos al abrir las páginas de Internet, desató una verdadera explosión gráfica no sólo en Honduras. Caricaturistas del mundo entero han hecho mofa de los absurdos y contradicciones de Micheletti y sus socios golpistas. Una especie de sangriento teatro del absurdo de dimensiones estrambóticas. Y no quisiera terminar sin referirme a otra forma artística fundamental en nuestra época: la fotografía. Hay fotos realmente inolvidables. Ellas, por sí solas, hablan de la magnitud de lo que está ocurriendo en el país. El cronista del futuro que quiera entender este período no podrá remitirse a los periódicos mentirosos que han ocultado o tergiversado la información. Habrá de acudirse a los archivos fotográficos que se están dando por millares. En cámaras y celulares se ha registrado la brutalidad y torpeza del sector dominante, pero también la dignidad y la valentía del pueblo hondureño.

MC.- Finalmente, ¿nos recomendaría la lectura de algunos autores de novelas sobre la reciente historia hondureña?, por otra parte, ¿está recopilando los poemas y ficciones que se escriben online para denunciar el golpe de Estado?

HU.- Uno de los factores que me ha retenido en Honduras es la admiración que siento por su literatura. Nunca deja de sorprenderme. Inclusive, cuando se lee el Manifiesto de David de Francisco Morazán o los escritos de Valle o de Ramón Rosa, se advierte su actualidad. Como si el tiempo no hubiese transcurrido, sus reflexiones se aplican perfectamente a nuestra época. Pero contestando a su pregunta, hay autores (poetas, cuentistas y novelistas) que han incidido en temas como los que usted propone. Nombres concretos: Eduardo Bähr, Julio Escoto, Roberto Castillo, Marcos Carías, Longino Becerra, Roberto Sosa, Pompeyo del Valle, José Adán Castelar, Rebeca Becerra, Amanda Castro, Rigoberto Paredes y Roberto Quesada…

Respecto de la última pregunta, es asombrosa la cantidad de poemas, canciones y textos de matiz literario que generó y seguirá generando este golpe. Especialmente es importante aludir a otro fenómeno de una validez indiscutible: el de los escritos de raíz popular. Campesinos, obreros, amas de casa, estudiantes de secundaria, etcétera, leen sus poemas en las radios que dan participación al público y los comparten en los actos culturales que se desarrollan durante las marchas y plantones populares. Quizá desagraden al profesor de ínfulas académicas, pero tienen una legitimidad humana extraordinaria. Es tal el rechazo al golpe que obligó a la población a este tipo de respuestas, dentro de las cuales también tendríamos que hablar de la riqueza de los grafitos y consignas coreadas durante los actos de protesta pacífica. En otras palabras, la necesidad de la catarsis a través del arte.

Fte.: Rebelión | 14 ago 2009


* Helen Umaña, Premio Nacional de Literatura de Honduras (1989), es autora de: Literatura hondureña contemporánea (1986); Narradoras hondureñas (1990); Ensayos de literatura hondureña (1992); Francisco Morazán en la literatura hondureña (1995); Panorama crítico del cuento hondureño (1999); La novela hondureña (2006) y La palabra iluminada. El discurso poético en Honduras (2008), entre otros títulos de crítica literaria, antologías, ensayos académicos y de apreciación estética.

22/7/09

El miedo a una palabra de dos letras

Helen Umaña

El 28 de junio venía de Guatemala con el único y exclusivo propósito de votar a favor de la cuarta urna. Veía, en ésta, la posibilidad concreta de un cambio hacia senderos de beneficio colectivo. 

Era el camino para modificar, con el consenso de todos los partidos políticos y de una amplia difusión y discusión (a través de los medios de comunicación, foros, comentarios, etc.), una Constitución cuyas lagunas son evidentes. La ciencia dice que nada es estático y que todo lo hecho por el ser humano es susceptible de perfeccionarse. Manejar que la cuarta urna lo que pretendía era la reelección de Mel ha sido la distorsión más grande en la historia política del país. La hipotética Constitución se redactaría ya cuando Mel hubiese dejado de ser presidente. Su elaboración estaría, pues, en manos de diputados elegidos por quienes se acercasen a votar. De ahí que la propuesta de la cuarta urna prendiese, con tanto entusiasmo, en la voluntad de los sectores históricamente marginados: campesinos, obreros, grupos étnicos…

Por esa razón, cuando en el bus que me traía de Guatemala me enteré del golpe de Estado, el impacto emocional fue intenso. En esencia, abortar, con alevosía, la semilla de lo que pudo ser un encaminar al país por senderos de equidad y justicia. Darle un golpe de muerte a la posibilidad de un sueño factible: la construcción de una sociedad en donde, no como varita mágica sino como proceso de ardua construcción, se empezasen a solventar las necesidades más urgentes de comida, salud, educación y vivienda para la mayoría. Mel había dado el primer paso. Impedírselo, con el golpe de Estado, fue como abrir la puerta para llevar al país a una espiral de violencia cuyas consecuencias ya se empiezan a sentir: secuestros, asesinatos políticos y persecución a los disidentes.

Una realidad que ya se ha instalado en el horizonte de la patria. Al amparo de la nocturnidad y la falta de energía eléctrica, la captura del artista de la caricatura Allan MacDonald (con todo y su hija de diecisiete meses); los asesinatos de Isis Obed Murillo (en el aeropuerto de Toncontín) y de Roger Iván Bados González y Ramón García, miembros del partido Unificación Democrática (UD) son ominosas señales del abismo hacia el cual Honduras se encamina. A menos que prevalezca la sensatez (que pasa necesariamente por el restablecimiento del Estado de derecho), no es aventurado vaticinar que se está a las puertas de una vorágine social sin precedentes: la reactivación de la tenebrosa Doctrina de la Seguridad Nacional y, como lógica respuesta, la adopción de formas de lucha que llevan consigo incalculables cuotas de dolor y sangre. Una factura que, a la postre, pagará la sociedad en su conjunto. Al respecto, la historia de la humanidad es un espejo en el cual los sectores dominantes del país —por su inveterada miopía— todavía no se han visualizado.


La pesadilla que se repite. El protagonismo de las botas. Las imágenes de los militares apuntando, en posición de combate, a humildes mujeres, a jóvenes imberbes y a personas desarmadas son devastadoras. En Toncontín…, el sonido de las balas. El huir alocado de la gente. El ulular de la ambulancia. El cuerpo frágil sostenido por manos solidarias... Un revivir la estela de sangre y terror que han dejado en Latinoamérica los ejércitos nacionales. Ratificar que el monstruo sigue vivo, agazapado, listo a dar el salto y el zarpazo cuando los grandes consorcios internacionales y sus socios nacionales así lo indiquen. Desde siempre, el brazo armado del poder económico. Y, en niveles de alta graduación, ellos mismos convertidos en poder económico que actúa en defensa de sus intereses.

El contubernio iglesias-poder político. Es indignante el espectáculo de los pastores evangélicos y de la alta jerarquía católica encabezando y bendiciendo las marchas de la oligarquía. Con falaces mensajes bíblicos, violentando las conciencias para llevarlas a la posición política que les permitirá seguir medrando a la sombra de sus iglesias, no casas de oración, sino auténticos emporios económicos. Complementado, todo, con otro bochornoso espectáculo: en un Estado constitucionalmente laico, los «honorables» diputados y sus testigos de honor (Custodio, Aguilar Paz, Leitzelar, Mauricio Villeda, Irma Acosta de Fortín…) agarrándose las manos e inclinando la cabeza, pronunciando una oración en el momento mismo en que, enarbolando una falsa carta de renuncia, ratificaban su traición y consumaban el golpe de Estado.

La guerra mediática. En los meses precedentes al golpe de Estado, la oposición a Mel Zelaya llegó a niveles jamás vistos. Quizá, en ninguna parte del mundo, un periodismo como el hondureño. Especialistas en sesgar y manipular la información. Todos los días mintiendo flagrantemente. Conductores de programas radiales y televisivos moviendo la noticia hacia el lugar en donde sopla el dinero. Tergiversando los hechos para confundir al receptor. Al día siguiente del golpe, desde Radio América, llamando a encauzar el país por las vías de la «normalidad»: «Preséntense en las fábricas, en los negocios…»; «Dejémosle la política a los políticos y que los niños y maestros vuelvan a la escuela, los obreros a sus fábricas…»; «Aquí no ha habido golpe de Estado…»; «Aquí todo es normal»; «Es necesario producir…». En otras palabras, producir para seguir llenando los bolsillos de la minoría… La infamia revestida de amor patrio.


La ambigüedad e indiferencia de la máxima casa de estudios. Duele el comunicado gallo-gallina de las autoridades de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, institución, en horas más lúcidas, a la vanguardia del pensamiento progresista y democrático. ¿Dónde el análisis de la crisis social y política? ¿Dónde el comunicado orientador para un pueblo carente de instituciones que salvaguarden sus intereses? ¿Cómo puede hablarse de vinculación universidad-sociedad si se evade el compromiso del análisis y del mensaje clarificador? ¿En qué momento se extravió el rumbo de la dignidad?

El manipuleo lingüístico. Desde la espuria sesión del domingo cuando se nombró presidente a Micheletti, éste insistió en que no era un golpe de Estado y lo llamó «un acto de sucesión presidencial». El lenguaje designa realidades y, en función social, no es un instrumento de uso antojadizo. Como se lo hizo ver un corresponsal español, cuando un contingente armado asalta la casa del presidente; lo secuestra y lo envía, contra su voluntad, a Costa Rica, eso sólo puede llamarse golpe de Estado. Aquí y en cualquier parte del mundo. Por más que los medios, los funcionarios y los diplomáticos desleales, mentirosos y oportunistas repitan las palabras del usurpador. Es inútil querer tapar el sol con un dedo. La comunidad internacional y el pueblo, que no es el ignorante que muchos creen, lo saben.

El papel de comparsa a que se redujo la querida figura de Ramón Custodio, ¡a quien tanto debo en lo personal!, pero a quien, por respeto a mi propia conciencia, tengo que referirme ¡al haberlo visto en el más triste papel de su carrera! ¡Que es mejor que a Mel lo hayan enviado a Costa Rica ya que, por lo menos, está vivo!, dijo. La cuestión de fondo es el acto ilegal que con él se cometió. Eso era lo que había que condenar. Nunca, con su presencia (es el Comisionado Nacional de Derechos Humanos), avalar la monstruosidad jurídica perpetrada contra un presidente legítimamente electo. Y, como broche de oro: afirmar que eran balas de goma las que usó el ejército la tarde en que, violando la Constitución, vedaron el aterrizaje de Mel en Toncontín. De goma, pero acabaron con la vida de un joven de diecinueve años. (¡Con una humilde «burrita» aguantó las largas horas de espera con un único propósito: vitorear al presidente en el cual había cifrado la esperanza de un mañana mejor! Su pequeña pero gran odisea desde su remoto pueblo y las palabras de su digno padre explicando sus móviles son signos entrañables que hablan de ilusión en un futuro más humano y más digno…, pero también de sueños rotos por la brutalidad represiva…).

En un pueblo hambriento (hace pocos días una campesina, como no había dinero para comprar maíz, para fabricar tortillas, echó mano del que ya estaba «curado» para la siembra; resultado: tres hijos en el hospital y el de cinco años, en el cementerio), en donde el abismo entre ricos y pobres cada vez se hace más profundo y que, por lo mismo, no es cuestión de borrarlo con abrazos de paz y de reconciliación de la «familia hondureña», según cantan los defensores del golpe, la cuarta urna era una opción para intentar cambios positivos. Nunca, al pueblo llano (ese que es marginal y vive en los bordos y en los barrancos de la miseria), se le había dado la oportunidad real de expresar su sentir. Y, con el «Sí», la posibilidad de mejorar un instrumento (una nueva Constitución) que guiase la vida futura de la nación. Lo reiteramos: todo es susceptible de perfeccionarse. Máxime tratándose de la Carta Magna en donde las cuestiones son trascendentales en la cotidiana construcción de la república. Pero los sectores de poder (especialmente la clase política enquistada en el Congreso y que ha esquilmado el erario a través de las grandes erogaciones que se les otorgan a los diputados, supuestamente para obras de beneficio en sus comunidades) le temieron a la avalancha de un «Sí» popular. Sospecharon —con razón— que podía representar el fin de sus incalculables dividendos. El golpe de Estado fue su manera torpe y desesperada de oponerse a la incontenible marea humana que cada vez es más consciente de sus verdaderos intereses y de la mejor forma de defenderlos. Para muestra, una consecuencia inmediata: en un santiamén se hizo añicos la base social de los partidos políticos responsables de la acción delictiva.

Estamos, pues, frente a estatuas con pies de barro. Su desmesurada reacción ante la crucial pregunta de la encuesta abortada revela su debilidad. Son poderosos y se amparan en las múltiples redes nacionales e internacionales que propicia el dinero…, pero le temen al pueblo. Saben que éste es mayoría y que, en justa lid, ellos llevan las de perder. Esa es una de las grandes lecciones que, de estos días trágicos, se debe extraer. Aunque lenta, la rueda de la historia nunca se detiene.

Desde hace treinta años, sólo he escrito sobre arte y literatura. Pero la ruptura del orden constitucional y el descaro con que actuaron Micheletti y sus socios golpistas me sacaron de la voluntaria torre de marfil. Las alucinantes imágenes de esa sesión grotesca en que se le dio un golpe de muerte a la débil democracia hondureña me han confirmado que el artista y el intelectual no pueden esconderse en una pretendida neutralidad. Tratándose del bienestar colectivo no hay apoliticidad que valga. El silencio equivale a aquiescencia y complicidad. Por lo tanto, tomo partido. En los momentos decisivos —cuando está en juego el devenir de los años futuros en Latinoamérica— a lo estético, se sobrepone la opción ética. Y ésta me dice, con claridad meridiana, de qué lado están la razón y la justicia.

Mis palabras no pretenden formular un análisis de la situación (para eso están los sociólogos y politólogos). Pero externar mis sentimientos es una necesidad vital y perentoria. Por un lado, un profundo dolor por el cúmulo de signos negativos que saturan el ambiente. Por el otro, la esperanzada convicción de que los sectores marginados, aún con tropiezos y dificultades, siempre encuentran la ruta hacia mejores derroteros. Nunca camina en reversa la rueda de la historia.


Fte.: Diario Tiempo, Honduras
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